Javier Villafañe: Titiritero
Sábado a la tarde. Uno de esos días en que no me levanto de la cama. Mis perros, mi mujer, mi computadora pórtatil y el control remoto.
En uno de esos viajes por la TV enganché una película argentina de la década del 70 llamada “Las travesuras de Cepillo”. En esta película un niño se hace amigo de un viejo titiritero que recorre el país con su carro tirado por caballos.
Recordé entonces al viejo Javier Villafañe y sus títeres y cuentos.
Allá en los principios de la década de los noventa yo era un ávido lector. Leía mucho y variado (extraño esa época). Uno de esos días cayó en mis manos un ejemplar de la revista “Puro Cuento” que dirigía el escritor argentino Mempo Giardinelli.
La revista me atrajo mucho gracias a la gran cantidad de cuentos que traía que permitian una lectura animada, veloz y divertida. Entre los autores que publicaban figuraba Javier Villafañe, y debo admitir, que en aquel momento me atrajeron más que sus poemas la historia de su vida.
Un anciano de barba blanca y jardinero de jean recorriendo la Argentina con su carro lleno de títeres alegrando a chicos y grandes.
Vívia en Almagro, barrio donde nació, y me recuerdo buscándolo en la guía telefónica para ir a visitarlo, nunca me animé. En 1996 me arrepentí de nunca haberlo hecho.
En aquel número de “Puro Cuento” los relatos de Villafañe no parecían relacionarse con su impronta infantil, pero claro, no entendía yo que bien puede un titiritero escribir cuentos para adultos.
En ellos había ancianos y la muerte rondaba siempre por la historia, eran cuentos que me entristecían pero a la vez me atrían.
La novia del anciano
Todas las noches el anciano les contaba cuentos a los nietos. El cuento que más les gustaba era el de la novia del abuelo, cuando el abuelo tenía doce años y paseaba en bicicleta con su novia. Comenzaba así: “Ella era suave y hermosa. La cabellera larga y los ojos redondos y luminosos como los mirasoles. Andaba siempre en bicicleta.”
Una noche lo interrumpió Luis, el menor de los nietos:
—Abuelo, no cuente cómo murió esa tarde porque hoy vino a buscarme en bicicleta cuando salía de la escuela.
—Abuelo —dijo Irene—, esta mañana dejó la bicicleta apoyada en un árbol y jugó con nosotros en el patio. Me escondí detrás de sus cabellos y nadie me vio.
—Abuelo —dijo Esteban—, tiene los ojos tan grandes que aprendí a nadar en sus ojos.
—Abuelo —dijo Claudia—, ella lo está esperando.
Y con una tijera le cortó la barba, la quemó con la llama de un fósforo y en el humo apareció una bicicleta. El abuelo bajó las escaleras pedaleando y cuando llegó a la calle se encontró con su novia.
Los nietos los vieron irse en bicicleta.
Me hubiera gustado compartir con este hombre, que pareció pertenecer a otras épocas, sus andanzas en el carro por los caminos de Don Quijote cuando debió huir de la Dictadura Argentina. Verlo a él y a su “Maese Trotamundos” podría haber sido una buena fotografía.























