Por las tardes son los toros
Ir por la mañana a las vaquillas es sencillo, aunque la Plaza se llene de gente siempre hay algún lugar libre y además el acceso es gratuito.
En cambio conseguir lugar en la misma Plaza durante la tarde es distinto y bastante más dificil. Es que durante San Mateo se lleva a cabo la Feria Taurina de Logroño, a la que nadie quiere faltar.
Es necesario reservar las entradas con bastante anticipación o arriesgarse, como fue mi caso, a ir durante la misma semana y elegir lo que quede.
No soy conocedor del mundo taurino por lo que todos mis comentarios son los de alguien que solo se dejo llevar por las sensaciones.
Lo primero que me llamo la atención era que en los pasillos de interiores de la Plaza se alquilaban unos cojines color bordo que la gente llevaba en gran cantidad. Pues bien, me dije: Como pasaremos un buen rato aqui es lógico llevar algo que nos permita estar más cómodo.
Encontramos nuestro asientos con mi hermano y desde allí (bastante arriba) se veía hermosa la arena bien alisada para que diera comienzo el espectaculo.
El arranque es realmente solemne: entran a la arena las cuadrillas de toreros que se desempeñaran durante la lidia y son recibidos por el aplauso de todo el público. Luego se retiran, y presentan al primer toro que ya es esperado por uno de los toreros. Comienza asi el “tercio de varas “.
El comienzo ya fue lo suficientemente fuerte porque el toro arremetió contra el caballo del picador ni bien lo vio entrar y lo dio vuelta en el aire literalmente.
Costó mucho volver a poner al caballo en pie mientrás los banderilleros distraían al toro. Mi sensación en ese momento fue de una gran angustia.
Tenia la primera ración de lo que iba a ver esa noche: La muerte de seis animales.
El toro no conoce de miedos y temores o en todo caso no deja de enfrentarlos. No está en su naturaleza rendirse, va siempre al frente.
Aún sin fuerzas, aún cuando ya ha caído en varias oportunidades el animal busca a su enemigo y lo enfrenta sin tapujos ni especulaciones. Y verlo en esa batalla es inquietante y hermoso.
La plasticidad de la combinación entre torero y toro es inigualable. Los movimientos del hombre acompañados por la fuerza del animal permiten ver momentos de gran belleza, aunque uno de ellos ya este muerto de antemano y el otro se la este jugando.
El toro es torturado, clavado, pinchado, cansado y sin embargo el animal no cesa en su labor, para el es: o ellos o yo. Pero el ya está sentenciado.
Cuando el toro ya ha muerto un caballo lo arrastra alrededor de la Plaza para que el público le de su aplauso, yo aplaudí como homenaje a la dignidad de un animal que dificilmente mataría por deporte o espectáculo.
Cuando un toro es lo suficientemente bravo y valiente el público le puede pedir al Presidente de la Corrida que le perdone la vida. Si esto sucede el animal no volverá a una corrida y será usado seguramente como semental.
En aquella tarde brilló “El Juli” aclamado por todo el público principalmente por su segunda faena y fue abucheado Francisco Rivera, que toreo de mala gana y además estuvo muy mal predispuesto con la afición.
Hacia el final los toreros recorren la arena para que la gente los corone o los condene y alli fue cuando recordé para que eran los cojines que se alquilaban además de para sentarse.
El pobre Rivera atravesó la Plaza con toda la hidalguía que le pudo dar al momento mientrás de todos los rincones de la Plaza llovian los cojines hacia la arena acompañados de un gran silbatina.

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